En el salón de barrio al que paso algunas mañanas, antes de ir a la oficina, está Isabella. Isabella es una mujer sencilla, de clase social media baja y tiene a su ejército de muchachas muy alineado. Todas la respetan y basta ver cómo la ven para notar que quizás hasta le temen. Existen miradas que lo muestran todo, (incluyendo ese temor reverencial del que habla el Código Civil) [1].
En el salón de barrio hay una de esas radios viejas. Creo que es de los setenta; es negra, grande y usa una gran antena. En el salón de barrio la radio de los setenta suena a diario en el dos mil diecisiete. Quien la programa escoge estaciones en vivo en las que los propios comentaristas se avergüenzan. ¿Habrá sido siempre así la radio? ¿Cómo habrán narrado y comentado en el pasado?
La radio. Cuentan en la familia, que mi bisabuelo Miguel fue de los primeros en traer una de uso doméstico a Guatemala cuando salieron a la venta en Estados Unidos. Cuentan también que su hijo mayor, mi abuelo Roberto, era un chico curioso. En ese entonces habrá tenido unos seis años.
Mi abuelo, el niño tremendo, creía que adentro de la radio había enanitos tocando la música que él tanto disfrutaba escuchar. Y pensándolo bien: no lo veo descabellado.
¿Cómo más (y más en esa época) entender que de un aparato doméstico negro salía música? ¿Cómo se le explica a un niño que todo eso sucede mediante la transmisión, propagación, recepción, y conversión de ondas a sonido? ¿Cómo se le explica esto a un adulto hoy? ¡Qué abstracto!
El abuelo, entonces, pensaba que había enanitos. Enanitos que tocaban una mini marimbita.
Fue entonces, así, como al son del Ferrocarril de los Altos, el niño curioso desarmó la radio de Don Miguel, dejándola desinstalada al ciento por ciento. La radio quedó dividida en todas sus piezas y ninguna de ellas era un enanito.
Así pues, al son del Ferrocarril de los Altos interrumpido por la curiosidad del abuelo y los enanos, el bisabuelo Miguel se habría quedado sin la innovadora radio en menos de un par de semanas. Nadie supo cómo armarla de nuevo. Y, así también, al son interrumpido del Ferrocarril de los Altos, el abuelo Roberto descubrió, que los enanitos eran visibles únicamente en su imaginación.
En el salón de barrio hay, además de la radio, uno de esos artefactos redondos para secar la cabeza. Esos donde al entrar al salón una se imagina inmediatamente a esa típica tía abuela lejana secándose el pelo tizado y teñido.
Hay también un olor como a secadoras viejas, medio quemadas. Huele a tratamientos para el pelo y a tintes algo viejos. Huele al pasado, y eso, que no lo conozco. Huele a la época de mis abuelos y eso que nunca la olí. O quizás sí, al olerlos a ellos y quizás sí al oir sus anécdotas.
El salón de barrio es un salón de barrio chapín, e Isabella, su dueña y señora, aprovecha un espacio de esquina para vender algunas prendas. ¡Quien diría que la ropa interior podía ser tan anticuada! Pero quien soy yo para juzgar, yo uso boxers.
Tiene algo este salón de barrio. Me hace pensarlo a ratos, aunque ya no esté ahí. Me traslada en el tiempo. Es fascinante el salón de barrio.
El salón de barrio no es como uno de esos salones de ahora, esos de los de los centros comerciales. El salón de barrio es una máquina del tiempo. Es un viaje al pasado que no tiene precio. Aquí las uñas, luego de una manicura, se siguen secando a la antigua. Aquí no hay spray secante ni brillo que seca en un instante. Aquí las cosas toman tiempo, pero se disfrutan un poco más.
El salón de barrio me hace pensar en las señoras de antes, arreglándose en los espejos de sus dormitorios. Tocadores, polvos, peinadoras, más y más señoras. Señoras tristes, señores contentas, todas acicalándose en sus alcobas. ¿Cómo habrá vivido cada una? ¿Qué habrá sentido cada una?
Aquí, en el salón de barrio, los chismes van y los chismes vienen. Aquí en el salón de barrio las horas en cuchubal se detienen.
En la esquina derecha del salón de barrio hay también una repisa. Se apoya ahí una imagen de San Homobono, para bendecir la prosperidad del negocio y de Isabella. Lo sé porque se lo pregunté, no porque yo sepa cuál es cuál santo católico. [2]
Pues ojalá y sea próspero el salón de barrio, y ojalá sea próspera Isabella, así me sigue permitiendo viajar al pasado. Dios quiera y San Homobono nos regale a todas más minutos en esta máquina del tiempo.
En el salón de barrio los precios están fuera de mercado. Los salones de barrio usualmente cobran más barato que los trending. Isabella, sin embargo, se da el tupé de cobrar más caro. Y yo, por viajar en el tiempo, a Isabella lo que quiera le pago.
Hay olores, sonidos, imágenes, que transportan. La nostalgia que genera este lugar por mis abuelos y por su vida. Su época y sus historias. No sé. Para mí, viajar en el tiempo no tiene precio; y si lo tiene: lo pago.
Quisiera continuar describiéndoles el salón de barrio. Pero, quien me seca el pelo ya reclama que me quite las gafas, pues la interrumpen. Vuelvo pronto, cuando las tenga puestas. Prometo, mis queridas lectoras, más viajes juntas al pasado.
Nota: Este blog fue escrito en el 2017 y revisado en el 2024.
[1] El temor reverencial que regula el Código Civil de Guatemala se refiere a ese temor que una persona siente hacia otra por estar en una relación de subordinación o consideración, pero sin que exista una coacción o amenaza directa. Por ejemplo, el temor que puede llegar a sentir un empleado en la relación laboral.
[2] El santo más invocado para la prosperidad es San Homobono quien es considerado el patrono de los comerciantes/empresarios. Fue un comerciante en Cremona, Italia y era destacado por su honestidad y generosidad y ayuda a los necesitados.


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